“El valor espera, el miedo va a buscar”
José Bergamín
APUNTES SOBRE EL MIEDO
Cada inodoro de la sociedad contemporánea posee un elemento ineludible, sin el cual una limpieza que se precie resulta imposible: la escobilla. Para funcionar, la escobilla parte de un principio de gravedad con desplazamiento de resbalación hidráulica necesarios para que los trocitos de mierda adheridos por arte y magia del exceso de grasas en la alimentación se desprendan de las paredes de la taza del retrete ( ominosos, pues recuerdan a algunas quiénes somos, las miserias del tracto intestinal, la bajeza de la postura de defecación y otros escatológicos asuntos) y desaparezcan para siempre de nuestra vida. ¿Para siempre?. Esos residuos que rascamos de infame manera, desahuciando de nuestros impolutos lavabos-estilos de vida, van a parar a unas cloacas donde la excrementicia carga de nuestras proletarias, nuestras gobernantes, nuestras asesinas, nuestras comerciantes y nuestras paidófilas se encuentra con la nuestra en una fiesta grumosa. Las cloacas entonces hacen en la vida lo que los cementerios hacen con nuestras muertes: confirmarlas. Son esos populares lugares donde acabamos unidos, unidos por la vida de la mierda. Mucho es lo ominoso de nuestra naturaleza humana.
Aprovechando la visualización del siguiente video http://www.woostercollective.com/post/seanna-sharpe-performing-over-the-williamsburg-bridge, decido comenzar este texto, donde voy a hablar del valor y de la cobardía. En el vídeo se muestra la performance en New York de la trapecista Seanna Sharpe, la cual ejecuta un brillante número circense a decenas de metros del suelo, moviéndose con esa gracia animal de la que yo siempre carecí, suspendida de la estructura metálica del puente de Williamsburg, sin más red que el aire, con unas agallas que muchos millones de fanfarrones de tasca quisieran para sí, y que no consiguen por mucha gradación que contenga el alcohol que ingieran. Esa muchacha ingrávida en una urbe tan pesada como Nueva York me explicó muchas cosas sobre la cobardía y la valentía del ser humano.
Tras mi reciente visita anual a Barcelona, capital del cosmopolitismo y la artificialidad, además de las ya detectadas dosis de hipocresía ciudadana, contaminación creciente, stres psicótico, infelicidad y adicción a la rutina, pude detectar un factor nuevo, sin duda acuciado por la crisis económica creada para tener más domesticada a la población: el miedo.
El miedo es un fantasma antiguo, merodea las vidas de todos los animales, señoreando en cada uno de sus detalles, pero aprovecha la tendencia insólita del ser humano a la esclavitud natural, para regir sus movimientos, programar sus vidas, interferir en sus intereses y convertir a la especie a la que pertenezco -muy a mi pesar- en una estúpida máquina de callarse y generar dividendos ( la mayor parte para alimentar el sistema ). Vivir sin miedo nos hace libres, pero la libertad es un lujo al alcance de pocas, gente cobarde construye un mundo basado en el temor y la cobardía, gente apocada y pusilánime levantó ladrillo a ladrillo, conjetura a conjetura, coartada a coartada, los muros de Sachenhausen, Cisjordania, de las cárceles y de los mataderos, los muros de los laboratorios de experimentacion, de las granjas de cría y engorde, la trama de alambradas y verjas de Guantánamo, las paredes de los palacios presidenciales y los templos, y el largo etcétera del horror pánico. Miedo a la muerte, miedo a la vida, miedo a no tener ropa elegante o automóvil, miedo a ser desterrada, miedo a quedarse, miedo a no decir las palabras adecuadas, miedo a no odiar correctamente, miedo a amar demasiado, a no seguir el orden establecido, miedo a llorar cuando no toca, a lo desconocido, miedo a no tener un viaje que explicar, miedo a oler a cuerpo, miedo a no ir a la moda, miedo a comer lo prohibido, miedo a no comer lo que todas comen, miedo a perder la salud, miedo a tener salud, miedo a cumplir ilusiones fuera de standard, miedo a envejecer, miedo a saber demasiado, miedo a desear a individuas de tu propio sexo, miedo a tener granos en la cara y manchas en la camiseta, miedo al miedo, miedo a la valentía, miedo a no poseer, miedo a ser, miedo a estar… Una vasta secuencia de terrores que condicionan cuanto llevamos a cabo en nuestra cotidianeidad y que ha sido registrado en todos los libros de Historia; miedo que, por riguroso defecto, convierten a ciertas figuras de la sociedad en seres crecidos de su propio ego, gente aceptada como “valientes”, pero que veremos que no lo son tanto.
La gente necia cultiva los atributos de la fuerza bruta, altamente ligada a la necedad: musculatura exterior, ingesta de carnes ajenas, rudeza, insensibilidad… En cambio la gente astuta se aplica en mover los hilos del negocio de ese cultivo a la torpeza. Ambas proponen la zafiedumbre como modo de ser y existir, que puede ser ética sin dejar de ser estúpida, y ambas cultivan el miedo a no ser estética. Ante la incapacidad de conducir un vida digna siempre queda el consuelo de soñar una muerte gloriosa. Es el sueño de las necias.
¿Qué responder ante la pregunta y tú “cuánto eres” ?. Los sistemas de valores se han perdido -si alguna vez los hubo-, porque ya no se pregunta quién eres, ni qué eres, sino cuánto tienes y la relación de tus posesiones, bien sean económicas, de títulos académicos o vulgares currículos. El miedo a no tener algo respetable en el haber -algo consensuado como aceptable en el registro de tenencias de la sociedad-, nos obsesiona enfermízamente.
Existe un grupillo de gentes que en el ámbito social han destacado por su valentía me gustaría centrarme en aquellas que para demostrar ese arrojo necesitan torturar y ejecutar. Las torturadoras y las asesinas siempre han sido bien vistas en la sociedad -o más bien dicho, temidas-. Nadie quisiera tener que enfrentarse a seres brutales, genéticamente desquiciados o simplemente a gente que tuvo malas experiencias y decidieron que el mundo debía pagar por ello. Es por esas personas y el pavor que siembran que construímos altas fortalezas, entrenamos a perros y a policías a ser agresivas, invertimos todo nuestro capital en forjar letales ejércitos y basamos nuestras decisiones más importantes en defendernos de la violencia, aunque sea generando y perpetuando esa violencia. No veo valor ni arrojo, sinó psicopatía en diferentes grados ¿ es valor acosar a una muchacha en la noche, inmovilizarla mediante la fuerza, y forzarla a la práctica de sexo ?. ¿ Es valor plantarse delante de un animal con la voluntad destrozada por los palos y la electricidad y obligarlo a realizar piruetas bajo la carpa de un circo ?. ¿ Es arrojada aquella persona que amenaza a otras con un arma en la mano ?. ¿ Es realmente osada aquella persona que se jacta de imperturbabilidad ante un toro con los sentidos mermados, debilitado por drogas y otros subterfugios, aprovechándose de la manifiesta desigualdad de condiciones en la arena ?. ¿ SON REALMENTE VALIENTES LAS PERSONAS QUE ANUALMENTE ACOSAN A UN TORO EN TORDESILLAS, PICÁNDOLE CON LANZAS DESDE EL COSTADO Y POR LA ESPALDA EN NUMERO DE MILLARES ?. ¿ Es una ceremonia de intrepidez hachar calderones en las Islas Meroe ?. ¿ Vence al miedo de algún modo quien aprieta el gatillo para eliminar a una enemiga o arrebatarle la vida a un animal del bosque ?.
Por activo, por pasivo -y en conjunto por lesivo-, millones de humanas torturan y asesinan a animales humanos y no humanos basándose en guiones de honor, hidalguía, hombría testicular, etc, que no son sinó institucionalizaciones de un hecho natural: el miedo.
Por otro lado, no deberíamos temer al miedo, es normal sentir miedo en determinadas situaciones, nadie es inmortal y todas estamos sujetas a flaquezas, decaimientos necesarios por un princípio instintivo de caución que compartimos con el resto de los animales. Es precisamente gracias a ese miedo -circunstancial y proporcionado- que nos mantenemos vivas, pero ese mismo miedo ( como el cuchillo que corta pan y también mutila ), ofrece una ilógica respuesta psicológica y paraliza a las personas, las incita a cometer injustícias incluso para consigo mismas. El ser humano destaca por su innata propensión a vivir en función de sus niveles de miedo, no de sus intereses, cosa que no ocurre con el resto de la fauna terrestre.
Reconoced a las personas desquiciadas, son seres atormentados por su cobardía, tienen oficios como toreras o militares, comercian con armas y con drogas duras, desperdician sus vidas metidas en fábricas generando mercancías en las que no creen, aguantan décadas a sus violentos maridos, temen amar la pureza y la ingenuidad, perpetúan tradiciones crueles, hipotecan sus vidas para comprar baratijas, pisos, coches, televisores…, se esconden en estupefacientes legales e ilegales, abusan de menores por el terror que les causa su propio envejecimiento, dominan y matan seres inocentes para disfrazar su impotencia, someten la vida incapaces de hacer algo digno con sus vidas, algo valeroso. No son exactamente malas personas, son cobardes, nauseabundamente cobardes, y usan de la violencia para armarse del valor suficiente para no suicidarse. No son valientes, nunca lo fueron, que no os engañe su pantomima y sus alaridos.
Quitáos las máscaras prestadas, sed libres, vivid enfrentándoos a vuestra vida, sentid y sabed que ella es valiosa para todas las criaturas que la poseemos. El valor en una sociedad enferma es la determinación de mantenerse individualmente sana y tener el valor de propagarla al colectivo, el valor es ser justa y rebelde, el valor es amar sin cautela, el valor es decidir y gestionar tu propia vida sin fijarse en las demás, el valor es defender aquello que no conviene a la sociedad, el valor es sentir y pensar en comunión, el valor es atreverse a solidarizarse con la vida y la libertad. Lo demás es necedad, psicopatía, cobardía en resumen. La vieja cobardía.
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